miércoles, 10 de julio de 2013

Cap.6



                            CAPÍTULO 6:
                              Pesadillas
Marta se despertó. Ya no estaba en un lugar muy oscuro con un hombre de ojos extraños, se encontraba en su cuarto.
Desde que empezó el instituto hace una semana, había tenido todo tipo de pesadillas y sueños raros. De hecho, parecían incluso visiones o algo parecido. Uno de esos sueños parecía relatado en el pasado...
Había un especie de templo. Una mujer de cabellos rubios recorría un pasillo corriendo llevando en sus manos un bebé que no alcanzaba los dos meses, y era una niña. La mujer estaba aterrada, pero la niña dormía tranquilamente en brazos de su madre. Al fondo del pasillo se encontraba una puerta, y la abrió. Salió al exterior del templo, y corrió hasta que llegó a un cruce donde le esperaba un coche. Se subió a él. El conductor tenía unos ojos azules de un tono muy peculiar. El coche arrancó, yéndose muy lejos de allí, sin mirar atrás.
Mientras, un hombre en el templo se reía de una forma horripilante.

Marta cada vez estaba más asustada, pero no sabía a quién decirle lo de sus visiones, sueños o lo que fueran, y decidió intentar relajarse un poco. Para ello salió al patio de su casa para tomar el aire.
Ya en el jardín se sintió mejor, y pudo observar que había luna llena, tapada por las nubes.
De repente sintió la presencia de alguien que la observaba desde la oscuridad. Con voz débil dijo:
-¿Quién anda ahí?
Al no obtener respuesta, se acercó un poco hacia donde creía que había alguien. En ése mismo instante, la luna iluminó la escena. Se quedó sin habla. Era un hombre, el mismo que conducía el coche en su visión. Ahogó un grito y corrió hasta que se encontró en su cuarto, donde empezó a sollozar suavemente, para que sus padres no la oyeran. Se sentía cada vez más y más confusa, y lo único que quería era saber lo que estaba sucediendo. Al cabo de unos minutos, se durmió.

A Carlos tampoco le iba muy bien. Había tenido una pesadilla detrás de otra sobre el chico que tanto se parecía a él y también a veces sobre el hombre de ojos violetas. De hecho, desde que empezó el instituto no había sido capaz de dormir una noche entera sin despertarse sobresaltado y lleno de sudor a causa de las pesadilla.


En cambio, a Clara esa noche le fue muy bien. No tuvo pesadillas sobre niños y o hombres de ojos raros.
Se despertó a las nueve de la mañana, y, como era sábado siguió durmiendo hasta las once. Entonces se despertó por el hambre que tenía, y bajó a desayunar.
En la cocina no había nadie, y Clara se fijó en que había una nota en la mesa que decía:
Clara, he ido a la universidad por unos asuntos de trabajo. Estaré de vuelta a mediodía. Si te entra hambre antes de que vuelva, hay ensalada en la nevera.


   Clara meditó unos momentos qué hacer. Al final decidió quedarse en casa, sobre todo porque quería que ese día fuera normal, como el anterior. Sin hombres de ojos raros, sin
pesadillas y sin preocupaciones (aunque, la verdad, es que no le apetecía mucho dejar la casa sola). Desayunó rápido, y después fue al salón y se tumbó en el sofá, encendiendo el televisor con el mando a distancia. Al cabo de quince minutos ya estaba aburrida como una ostra. Estaba inquieta, debía hacer algo o se moriría de aburrimiento. Se fue a su cuarto, cogió uno de los pocos libros que estaban en su estantería y se tumbó en la cama. Enseguida se cansó, porque ese libro lo había leído ya tres veces.
Sin saber qué hacer, se fue al dormitorio de su madre, y empezó a rebuscar con la esperanza de encontrar algo de su padre. Por más que buscaba, no encontraba nada, y, cuando pensaba ya en volver a la cama, algo le llamó la atención. Había un cajón en el ropero de su madre que no había llegado a ver. Lo abrió y encontró varias cosas sin mucha importancia: un cinturón viejo y de más. De pronto se encontró un ovillo de lana azul. Cuando estaba a punto de devolverlo a su sitio, no lo notó blando. Algo duro estaba dentro de él. Empezó a desenrollar la lana, y lo que pasó a continuación fue de lo más inesperado: había un colgante en forma de caracola de un color inusual, que estaba sujeto con una cuerda de plata.
Se fijó en el color del colgante. No habían sido imaginaciones suyas, era del mismo color que sus ojos, solo que más brillante, que le daba un aspecto misterioso, casi mágico, aunque quizá lo fuera.
Estoy segura de que esto era de mi padre -dijo para sí-.
Después se lo colgó al cuello, y, como pensó en que a su madre no le haría mucha gracia descubrir que se había metido en su cuarto sin permiso, y que encima se había llevado un colgante que seguramente fuera de su padre, se metió el colgante debajo de su camiseta verde.
Cada vez siento que estoy más cerca de él -pensó-, aunque sea a través de un colgante.
La verdad, no se equivocaba. De hecho, no sabe que no sólo siente que está más cerca de él, si no que él está físicamente más y más cerca.


Yuc meditó unos minutos sobre lo que había visto en los ojos de esa chica anoche. Estaba seguro de que no sólo Clara y Carlos corrían peligro, si no que también era peligroso para la nueva amiga de Clara.
Debo ayudarlos, pero no sé cómo. En cuanto me acerque más a los chicos, ellos notarán que estoy aquí y estarán aquí pronto para matarme -pensó para sí-.
Entonces, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies.
Cada vez están más cerca de los chicos.
Eso le hizo ponerse más nervioso aún que antes y sólo le quedaba una opción: debía buscar refuerzos. Este nuevo plan le dio algo de esperanza, y, después de coger algunas cosas de su escondite, murmuró algo y desapareció después de dar mil vueltas sobre sí mismo. No estaba dispuesto a que aquel monstruo utilice a niños que no saben ni lo que poseen en su interior.

Marta se despertó a las doce y media. No sabía si lo que había pasado la noche interior
era real o si solo había sido un sueño. De todos modos, la mirada de aquel hombre la inquietaba. También recordó la especie de visiones y si eran de verdad. Una cosa sí estaba clara, no debía contárselo a sus padres, sobre todo porque los preocuparía, la llevarían a un psicólogo o algo por el estilo. Además querían que su hija fuera perfecta, como su hermano mayor. Eso la ponía histérica, porque ella sacaba buenas notas, pero sus padres la regañaban
diciendo que debía de sacar todo diez, como su “querido hermanito”, que estaba estudiando medicina con matrícula en la universidad. Pero Marta no era como él. A diferencia de su hermano, ella no se pasa estudiando todos los días de su vida. No, ella estudia lo necesario
para aprobar y sacar una buena nota, y pasa tiempo con amigos de verdad, en vez de ser un empollón que no ha tenido amigos en toda su vida.
La verdad, Marta no entendía por qué querían que fuera como su hermano Luis, ni por qué su hermano era un polo opuesto a ella: él era timidísimo, Marta era muy amigable y nunca sentía vergüenza con nada, Luis adoraba el instituto, ella lo odia... de hecho, en lo único que se parecen es en los ojos, azules claro, puesto que el pelo de su hermano universitario era pelirrojo, y el suyo, castaño. Esto hacía que no se llevaran muy bien. Nunca entendería a su familia, pero no podía dejar de quererlos. No podía culparlos, sólo querían tener dos médicos en casa.

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