CAPÍTULO
5:
Un día
normal en el instituto... para variar
Clara aún seguía
pensando en lo que había soñado la noche anterior. Habitualmente
soñaba con el hombre de ojos
extraños. Sin embargo había soñado con un chico igual que Carlos
solo que con el pelo castaño oscuro y unos ojos muy oscuros.
Prefiero al hombre
-pensó mientras aceleraba el paso para llegar al instituto a
tiempo-.
Cuando cruzó la entrada
a su nuevo instituto eran las ocho y diez.
Por los pelos
-pensó-, las clases empiezan a las ocho y cuarto.
Estaba buscando su
nueva clase, 1ºB, cuando alguien le tocó el hombro. Se giró y se
encontró con Carlos, al que no quería dirigirle la palabra. Estaba
a punto de salir corriendo cuando recordó las palabras de Yuc:
No te tengo que recordar lo
que casi le pasa a Carlos, ¿verdad?, si no llegas a estar tú, ¿qué
crees que le habría pasado?
Y se dio cuenta de que la culpa
no era de Carlos, e intentó disculparse:
-Lo... lo siento,
pero no pudo continuar, porque
Carlos intervino:
-La culpa no fue tuya, fue
mía, no debí de comportarme así, pero me habías salvado la vida
y...
-¿Amigos? -preguntó
Clara-
-Amigos -fue la respuesta
de Carlos-, y, por cierto, ¿sabes dónde está 1ºB?
-¿Por qué? -preguntó
Clara-, ¿es tu clase?
-Sí, ¿por?
-¡También es mi clase!
-Pues entremos, la acabo de
encontrar.
Clara se fijó bien. Se giró
y vio una clase con una placa grabada en el marco de la puerta:
ponía 1ºB. Acto seguido,
entraron los dos dentro.
La clase no era muy grande,
pero se aprovechaba bien el espacio, y parecía más espaciosa
de lo que era en realidad. Sin
embargo no se podía decir que los alumnos eran silenciosos y
“buenecitos”. El profesor
aún no había llegado, y la gente parecía disfrutar sin éste.
Aviones de papel que volaban
por los aires, gente gritando y varios chicos y chicas persiguiéndose
unos a otros. Por no hablar que había bastantes chicas en un rincón
aplicándose una cantidad impresionante de rímel. Clara en su vida
había usado tal cosa, y le
parecía inadecuado que tantas
niñas lo usaran a la edad de doce años, y estaba segura de que
a muchos padres también. Cuando
las chicas del rincón vieron a Clara observándolas, se acercaron a
ella.
-Anda, mirad, es la
nueva -dijo una chica rubia-, la inadaptada.
Clara se quedó
sorprendida: ¿inadaptada?, ¿y no serían ellas las que eran las
inadaptadas, echándose a su temprana edad un kilo de maquillaje?
Estaba a punto de replicar
cuando otra de las chicas, la más alta, dijo:
-Seguro que no sabe ni lo
que es un pintalabios.
Ante este comentario empezaron a
reírse, y Clara, roja de ira, estaba a punto de soltar unas
“palabrillas inadecuadas” cuando una chica ajena a las del
maquillaje se acercó y se colocó delante de Clara.
-¿De qué vais?, es nueva
aquí, y no os ha hecho nada malo. Además, ¿qué le importará a
ella ahora saber echarse maquillaje?, ¡¿es que acaso vamos a hacer
un exámen o algo así?!
Las chicas se quedaron
mudas, y, acto seguido, se fueron por donde habían venido, y
terminaron en el mismo rincón de antes, esta vez echándose
pintalabios.
-Muchas gracias
em,...esto...
-Marta, y ha sido un
placer, esas pijitas me tienen harta.
Clara se fijó en Marta. Era
morena, de piel clara y tenía unos grandes ojos azules claro, y era
de estatura normal. Le pareció muy guapa.
-Yo soy Clara, ¿nos
sentamos juntas?
-De acuerdo, pero no nos
ponemos en primera fila, ¿ok?
-No te preocupes, a mí
tampoco me gusta estar cerca del profesor.
-Entonces ¡a la última
fila!
Clara miró su reloj de
pulsera: ¡eran las ocho y media!, y el profesor aún no había
llegado, pero cuando se lo iba a contar a Marta entró una figura por
la puerta.
-Hola, soy vuestro nuevo
director, y al parecer vuestro tutor no ha podido venir, pero no os
preocupéis, hoy sólo os enseñaremos el instituto y conoceréis a
vuestros nuevos profesores. Pero de momento buscad un sitio en el que
sentaros.
Clara y Marta compartieron
una mirada cómplice y en un abrir y cerrar de ojos se habían
sentado al fondo de una fila. En
cambio Carlos se sentó donde pudo, es decir, en el sitio frente a la
mesa del profesor.
Genial -pensó-, qué
será lo próximo, ¿que se siente a mi lado una de las del
maquillaje?
Pero por suerte para Carlos,
eso no ocurrió, pero tampoco le gustó mucho lo que pasó a
continuación: a su lado se había sentado un chico sudoroso con unos
ojos marrones y el pelo rubio con pinta de ser muy deportista, pero a
la vez el típico chico que se creía demasiado importante como para
sentarse con los “populares”, y que se sentaba con los nuevos
para darles envidia. Pues bien, Carlos no le iba a dar esa
satisfacción.
El chico se sentó a su lado
sin ni siquiera saludar, pero a Carlos no le importó, estaba
dispuesto a no dirigirle la palabra a aquel chico hasta final de
curso o hasta que lo cambiaran de sitio, y claramente prefería la
segunda opción. Cuando Carlos giró la cabeza hacia atrás se
encontró con que Clara estaba sentada al lado de una chica morena
con ojos azules, al fondo de la fila y compartiendo risas las dos.
Qué afortunada
-pensó-.
Y tenía razón, Clara se lo
estaba pasando muy bien con su nueva amiga.
-¿Quedamos algún día? -
Le dijo Marta a Clara-
-¡Sí, me gustaría mucho!
-fue la respuesta de Clara-.
Entonces el director
empezó a hablar.
-Vale, ahora haced una
fila en la puerta de la clase ordenadamente, que vais a conocer
vuestro nuevo instituto.
Los chicos asintieron, y
fueron a colocarse en fila, entre cotilleos, en la puerta de la
clase.
Clara iba con Marta, y ésta
trajo a unas amigas suyas.
-Clara, te presento de
izquierda a derecha respectivamente a: Ana, Elena, María y Elsa.
Clara las observó
detenidamente. Ana era de estatura media, con la piel muy pálida, el
pelo
negro y unos ojos color miel.
Elena también tenía la piel blanca, pero tenía el pelo rubio
oscuro y unos ojos marrones, y era un poco más alta que Ana. María
era poco más baja que Elena, tenía el pelo rizado de color negro,
unos ojos marrones y era de tez clara.
Elsa era la más alta de todas.
Tenía una melena lisa y de color negro, una piel clara y unos ojos
marrón muy oscuro. A Clara le parecieron muy simpáticas en cuanto
empezó a hablar un poco con ellas, y a ellas les cayó bien Clara.
A Carlos no le fue tan mal
como él esperaba, puesto que conoció a varios chicos bastante
simpáticos que no se parecían
en nada al creído de su compañero de pupitre. Eran
amigables, y no tardó en darse cuenta de que se había imaginado el
instituto mucho peor de
lo que era, pero estaba seguro
de algo, su madre nunca le vería en ése nuevo lugar al que acababa
de llegar, ni a ningún otro a partir de entonces: la universidad y
muchos otras cosas
que le gustaría que su madre
pudiera ver.
El director entonces dijo:
-Vamos niños, os lo
enseñaré todo, -y acto seguido ordenó a los chicos que lo
siguiera.
Cuando ya Clara salía por
la puerta principal, una voz familiar la llamó:
-Hola, te acompaño a casa,
¿vale?
Clara suspiró, era Carlos.
Se recordó a sí misma la advertencia del hombre de ojos azules y
respondió:
-De acuerdo.
Y sonrió, porque había tenido
por primera vez desde que llegó a Granada un día más o menos
normal, sin hombres de ojos raros, lo único que la inquietaba era el
sueño del chico
tan parecido a Carlos...
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