CAPÍTULO
2:
Un
extraño día
Carlos miró el
despertador, y eran las nueve de la mañana. Decidió levantarse,
puesto que estaba seguro de que no podría volver a dormirse, y se
fue al cuarto de baño. Allí se lavó los dientes, la cara
y se peinó un poco su pelo rubio. Acto seguido, bajó a desayunar.
-Buenos días papá
-saludó el chico-
-Hola hijo
-correspondió este-, en la calle hay unos nuevos vecinos, si durante
mi ausencia vienen, sé cortés, ¿de acuerdo?. ¡Ah!, y arranca las
malas hierbas del jardín, hijo.
Carlos asintió, terminó de
desayunar y subió a su cuarto. Ya en su interior, se puso una camisa
vieja, unos vaqueros y sus deportivas favoritas. Después, salió al
jardín y empezó a quitar las malas hierbas. Cuando le quedaba poco,
llamaron al timbre. Carlos pensó en lo que había dicho su padre, y
fue a abrir. Al hacerlo, se encontró a una chica de su edad con unos
ojos de un tono azul-verdoso, le recordaban a alguien, pero, ¿a
quién?, Carlos no conseguía acordarse.
-Ho...hola -consiguió
decir, dándose cuenta de que se había sonrojado-
-¡Hola!, -dijo la
chica-,soy la nueva vecina,y mi madre está empeñada en que haga
nuevos amigos. Soy Clara.
-Yo soy Carlos,-dijo
él un poco más seguro-,bienvenida a Granada.
-Me tengo que ir,
debo deshacer el equipaje,un placer conocerte Carlos.
-Lo mismo digo,
Clara.
Clara salió corriendo, y Carlos
la vio marchar, todavía un poco ruborizado.
Clara se fue a su casa,
todavía pensando en que, si todos los vecinos eran rubios y guapos,
definitivamente le gustaba aquel lugar. También se sintió
inexplicablemente observada, por lo que aceleró un poco el ritmo, y
no se sintió a salvo hasta que entró al interior de su casa. En su
interior, empezó a mirar su nueva casa con un mayor detenimiento.
Todavía había poco mobiliario, solo lo estrictamente necesario. De
hecho, se encontró a su madre colocando un clavo en la pared.
-Hola mamá,-saludó la
chica-,¿que vas a poner ahí?
-Una foto tuya de
pequeña -fue la respuesta de la madre-,por cierto, ¿has hecho
muchos amigos?
-La verdad es que no,
porque la mayoría de los vecinos no están y los demás tienen una
edad mínima de treinta años,aunque sí he conocido a un chico
bastante simpático de mi edad.
-Eso está bien, puedes
invitarlo a comer si quieres.
-No gracias, mamá.
-Lo que tú quieras,
cielo.
Clara, acto seguido, subió
a su cuarto y empezó a deshacer el equipaje. Que recuerdos le traían
todas sus cosas: sus fotos de las escasas amigas que había tenido en
su antiguo
colegio, una bufanda que le
tejió su abuela a rayas, el antiguo uniforme del colegio...
Suspiró, añoraba Noruega, pero
estaría bien en España, eso seguro. Lo que más la molestaba
era que su madre no guardara
ningún recuerdo de su padre, y que no le quería explicar por
qué. Pensaba que su madre no
confiaba en ella.
Con estos pensamientos terminó
de colocar el equipaje que quedaba en su lugar correspondiente.
Entonces, decidió dar un paseo
para conocer mejor Granada, así que se hizo una coleta, se despidió
de su madre y salió por la puerta principal.
“¿Qué ha
pasado?-se decía Carlos para sí-,he hecho el ridículo”.
Estaba tan confuso que decidió
salir a dar un paseo para volver en sí. Se despidió de su padre,
que acababa de llegar y salió de casa con una rapidez admirable.
Decidió ir a un parque cercano a su casa, donde no solía haber
gente y pudiera estar tranquilo. Al llegar allí y sentarse en un
banco, se sintió mejor, pero de nuevo en muchos años volvió a
sentirse observado.
“Otra vez no”
-pensó-.
Se giró, seguro de que no
habría nadie, pero no fue así, puesto que detrás suya se
encontraba
un hombre de ojos violetas,
mirándolo fijamente. Carlos intentó moverse, pero no pudo. Estaba
paralizado. También intentó, sin éxito, apartar la mirada de aquel
hombre y, por último, intentó gritar; lo consiguió, pero sonó tan
bajo que creyó que nadie le oiría.
Clara acababa de salir de su
casa y estaba haciendo un especie de turismo por Granada cuando al
poco tiempo, oyó un grito que sonó muy bajo, pero lo
suficientemente alto como para que lo oyera y siguiera aquella voz.
Cuando llegó a un parque de donde salía el grito,
se encontró con un hombre
enfrente de un chico rubio con ojos verdes, pero se fijó mejor y
descubrió que era Carlos, por lo que se aproximó a las dos figuras
para ver qué ocurría. Se acercó lo suficiente como para ver la
cara de terror de Carlos, y se sorprendió a sí misma gritando al
hombre de ojos violetas:
-¡¡ Déjalo en paz!!
El hombre se giró hacia Clara,
y clavó su mirada en la de ella, pero ésta ni se inmutó.
-Vaya,vaya -dijo el
hombre-, eres muy atrevida, pero no te vas a salir con la tuya,-pero
la miró a los ojos y se estremeció-. Bueno, parece que has tenido
suerte Carlos, y tú, Clara, te diré que cada vez te pareces más a
él. Dicho esto, murmuró unas palabras y desapareció.
-Clara, me has salvado
-dijo Carlos-.
Ésta asintió, pero seguía
pensando en las palabras del hombre:
Cada vez te pareces más a
él, Clara.
Carlos interrumpió sus
pensamientos:
-Clara, ¿qué te
ocurre?
Pero ésta no contestó, si no
que echó a correr con lágrimas en los ojos sin rumbo fijo.
No se lo creía, según el
hombre, se parecía cada vez más a él, por lo que Clara se
sentía muy confusa y desorientada.
Podría ser -pensó-,
¿que ese hombre fuera un mago o algo así?
En el parque, Carlos
decidió irse por si volvía ese hombre de nuevo, y empezó a correr,
no hasta su casa, sino hacia la dirección que Clara había tomado.
La encontró en un callejón, con las rodillas pegadas al cuerpo y
sollozando suavemente.
-Menos mal -dijo
para sí-,que está bien.
Y se aproximó hasta ella.
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