CAPÍTULO
4:
Una
extraña mañana y noche
Clara estaba nerviosa,
porque dentro de dos días empezaba el instituto, y no ayudaba
demasiado el hecho de que Carlos también fuera al mismo que ella, y
más después de enfadarse con él. Ya habían pasado cinco días, y
no había vuelto a hablarle, ni siquiera un insignificante “hola”.
Pero estaba decidida a no hablarle de nuevo, y, la verdad, lo hacía
porque estaba muy asustada con los sucesos que había vivido aquel
día que parecía tan lejano: el hombre que hipnotizaba con la mirada
y lo de “cada vez te pareces más a él” le ponía los pelos de
punta.
Además, si le pasara algo a
Carlos, ella se sentiría inexplicablemente culpable. Por si fuera
poco, las pesadillas del hombre de ojos raros la atormentaban todas
las noches, y desde su llegada a Granada, se sentía observada a
todas horas, y cada vez se sentía más y más angustiada. Entonces
recordó que le había prometido a su madre que iría a comprar el
pan, que eran las dos menos cuarto del mediodía y que cerraban la
panadería a las dos, por lo que se levantó de la cama, se vistió
enseguida y salió por la puerta principal a todo correr.
Por el camino, la
gente la miraba extrañada, pero a Clara no le importaba, nunca había
sido tímida. Estaba a punto de llegar a la panadería cuando se
chocó con un hombre con gabardina.
-Discúlpeme señor...
-consiguió decir-, pero no pudo continuar hablando, el hombre se
giró y la chica pudo ver esos ojos azules que había visto por la
ventana de su cuarto: el hombre que siempre la estaba persiguiendo.
Clara se quedó parada, y el hombre aprovechó para mirarla a los
ojos. Ésta siguió sin moverse, pero sólo porque se estaba fijando
en los ojos de aquel desconocido, le parecieron de lo más extraños:
parecían mares en calma, de ese tono azul que uno nunca creería que
vería en los ojos de alguien.
-Deberías tener más
cuidado, Clara -dijo el hombre-, no vaya a ser que la próxima vez no
sea yo la persona con la que choques.
Clara sólo pudo mover un
poco la cabeza en señal de asentimiento, el hombre se levantó y
dijo antes de empezar a andar:
-No te tengo que
recordar lo que casi le pasa a Carlos, ¿verdad?, si no llegas a
estar
tú, ¿qué crees que le habría
pasado?, por cierto, mi nombre es Yuc.
Clara se quedó blanca como
el papel, y, con gran esfuerzo, se levantó del suelo. Sin embargo,
cuando alzó la cabeza no vio a nadie. Yuc había desaparecido de
nuevo.
Cómo no -pensó-.
Miró el reloj. Eran las dos en
punto. Ya no podía comprar el pan. Dio media vuelta y, con un
suspiro, fue rumbo a su casa. Ya se inventaría una excusa aceptable
en el camino.
-Pe..pero mi señor,
-dudó-, ¿por qué no hace algo?
-Cada cosa a su tiempo
Rich, hay que esperar el momento adecuado. Si ahora raptamos al chico
y acabamos con su ser, ella no se preocupará tanto como dentro de
tres meses.
Rich reflexionó un
momento y esbozó una sonrisa horrible y maligna, al comprenderlo.
-En eso tiene toda la
razón mi señor.
-Sí, y la diversión
sólo acaba de empezar.
Rich asintió, y los dos
empezaron a reírse de una forma horripilante.
Carlos estaba empezando a
desesperarse, Clara llevaba cinco días sin dirigirle la palabra y no
le apetecía demasiado empezar su primer día de instituto solo, sin
conocer a nadie. Pensó que haría nuevos amigos, pero no demasiados,
puesto que no era muy sociable. Suspiró, sólo quedaban dos días
para empezar el nuevo curso en el instituto, y su madre no estaría
allí para verle. Apretó un puño, pensando en el hombre que había
acabado con la vida de su madre, y su deseo de venganza. El problema
era que no tenía ni idea de cómo. Además, si se alejaba de Clara,
estaría en peligro, de eso estaba seguro. Debía disculparse con
ella al día siguiente, cuando empezaba el instituto, vamos, al día
siguiente. Entonces se acordó de que tenía que preparar las cosas
para el día siguiente, por lo que se puso manos a la obra.
Cogió su mochila roja y metió
todo lo necesario: un estuche con lápices y bolis, una libreta
pequeña y sus gafas de sol. Además de dejar en la silla de su
escritorio la ropa para el día siguiente. Después miró la hora:
las diez y cuarto, si su padre en quince minutos le veía con la luz
encendida estaría muerto. Por lo que apagó la luz y se tumbó en la
cama. Después empezó a pensar la disculpa que le daría a Clara. En
menos de diez minutos, estaba profundamente dormido.
Cuando abrió los ojos
no estaba en su cuarto, se encontraba en un lugar muy oscuro,
iluminado sólo por dos antorchas. Estaba solo, o al menos, eso
parecía, porque de repente ante él apareció un chico de su edad.
Era muy parecido a él, pero tenía los ojos de un tono inexplicable,
muy oscuros, como si una tormenta se desatara en ellos. Además,
tenía el pelo
castaño oscuro y una misteriosa
y oscura aura lo rodeaba.
-¿Quién eres? -preguntó
Carlos-.
-Muy pronto lo sabrás -fue
la respuesta de éste-, y acto seguido, desapareció. Sin más.
Carlos se despertó, no
había tenido un sueño tan extraño en su vida, y nunca había
parecido tan real, de hecho, le había parecido notar el aliento de
“su doble” en la cara, y no quería que le volviera a suceder.
En ese momento, sonó el
despertador. Eran las siete, hora de levantarse.
Se lavó la cara, se puso
la ropa que tenía preparada desde la noche anterior y bajó a
desayunar.
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