CAPÍTULO 3:
Ruta
por Granada
Clara vio a Carlos
aproximándose hasta ella, pero no dijo nada, no hasta que Carlos la
rodeó con los brazos.
-¿Estás
bien?-preguntó Carlos-,tenemos que irnos, tu madre estará
preocupada.
Durante unos segundos que a
Carlos le parecieron eternos, Clara por fin habló.
-Carlos, no te
comprendo -dijo Clara-, esta mañana cuando fui a tu casa, eras hosco
y tímido conmigo, y ahora vas y me rodeas con los brazos como si
fuéramos amigos de toda la vida, y todo por que te he salvado la
vida. -Había parado de llorar, pero ahora parecía como si ella
estuviera atrayendo aquellas nubes negras, y estaba furiosa-. Que
sepas que eso no cambia nada.
Y acto seguido, se separó de
Carlos y empezó a correr lejos de allí.
Al menos sé que se
va a su casa -pensó Carlos-.
También él se levantó, se
sacudió el polvo de los vaqueros y se fue con un paso más tranquilo
al de Clara.
Me lo parece a mí,¿o sus
ojos se habían vuelto de un tono azul marino al enfadarse?
Decidió no pensar más en ello
y salió del parque, y, como era temprano, decidió dar un paseo por
Granada.
Clara estaba furiosa, pero
sabía que no podía hacer nada salvo ignorar a Carlos el resto de su
vida, por lo que siguió con su “visita guiada”. Se fijó mucho
en el paisaje: árboles como limoneros y naranjos; arbustos como la
lavanda; y otras muchas flores: rosas, hortensias, jazmines... , en
fin, plantas que no había visto en su vida en Noruega. También
se fijó en que había muchos parques llenos de árboles, y decidió
entrar a uno llamado Parque García Lorca. Allí
observó el estanque con patos, miró la casa de Federico García
Lorca (por eso se llama así el parque, en honor a ese poeta), y
contempló los bonitos jardines de este. Todo era precioso, pero se
encontró con una rosa marchita, y deseó que se recuperara. No se
dio cuenta, pero después de tocarla con la punta de los dedos la
rosa recuperó su tono rojo anterior.
Después, se fue rumbo a su
casa, más relajada, y, lo más extraño, era que el cielo también
parecía estarlo.
Por el camino, se sentía más
que nunca observada, por lo que aceleró un poco el ritmo. Pero
cuando se giraba, no había
nadie. Sin embargo, se giró una última vez y lo que vio la dejó
helada: un hombre que no superaba los cuarenta años con un traje
raído y unos ojos de un tono azul que Clara no había visto en su
vida la observaba atentamente.
-¡Déjeme en paz!
-gritó Clara siendo consciente de que muchas personas la miraban-.
Empezó a correr, como nunca en
su vida y en dos minutos cruzaba el umbral de su casa.
Ya dentro, recuperó el aliento unos segundos, subió por las
escaleras a toda velocidad y entró en su
cuarto. Allí, miró por la ventana.
Sigue ahí
-pensó-
En efecto, el hombre estaba en la acera de enfrente mirándola con
esos extraños ojos azules. De repente, su madre irrumpió en el
cuarto y Clara dio un salto.
-Hola hija,¿qué estás mirando? -dijo la madre-.
-Na...nada -consiguió decir-.
Pero su madre la conocía demasiado bien, y asomó la cabeza por la
ventana. Sin embargo, el hombre había desaparecido.
Su madre la miró con expresión interrogante, pero no añadió nada
más y salió de la habitación.
Clara, por si acaso, miró de nuevo por la ventana, pero no halló a
nadie en el exterior, lo que le llevó a pensar en muchas cosas.
Carlos, por su parte, se había marchado al centro y en las
calles más abarrotadas se compró un refresco en lata. Antes de
abrirla, pensó en lo que le había hecho el hombre en el parque, y
lo que habría pasado si Clara no hubiera escuchado su grito, y se
puso furioso, apretando la lata con la mano con la que la sujetaba,
despidiendo de esta el contenido, pero no le importó.
Además, no entendía por qué Clara se había enfadado tanto, él no
entendía lo que pasaba por la cabeza de Clara, (y estaba seguro de
que seguramente ella tampoco).
Cuando volvió al mundo real, vio la lata espachurrada y sin
líquido alguno en su interior y la tiró a la papelera más cercana.
A continuación, se dio cuenta de que se le había hecho muy tarde,
por lo que empezó a correr a toda pastilla hasta la parada del
autobús, donde observó aliviado en el panel que había encima de su
cabeza que decía que quedaban dos minutos para que llegara el
autobús que lo llevaría de regreso a casa. Mientras esperaba, el
chico observó a su alrededor y pensó que, bueno, sí, Granada era
una ciudad bonita, pero él y su padre siempre habían querido
mudarse, hasta que ocurrió la tragedia. No se explicaba por qué su
padre no quería irse de la misma casa donde había muerto su esposa,
pero reflexionó un poco más y entonces descubrió lo que mantenía
a su padre atado a la casa: todo lo que había compartido con ella,
con Mónica, permanecía en aquella casa: un cuadro que habían
pintado los dos juntos, el jardín donde estaban todas las plantas y
árboles que esta había plantado, (que todavía estaban en el
jardín), hasta el cambiador de su madre estaba intacto, con toda su
ropa, sus escasas joyas y demás recuerdos.
Entonces el autobús llegó, y se subió a él.
Estaba buscando un sitio cuando vio a un hombre de ojos azules
oscuros en el fondo del vehículo. No se lo creía, volvía a verlo,
era el hombre misterioso que había visto tres años atrás, y lo
veía en un autobús donde no podría escapar hasta que el autobús
se parara en una parada, y, además, no quería volver a la calle a
las tres de la tarde, cuando no había apenas gente, y cuando hacía
más calor en todo el día, por lo que se alejó lo más posible del
hombre. Sin embargo, lo miró un momento a los ojos, solo para
asegurarse de que no era un error y el hombre fuera real. En cambio,
cuando posó su mirada en éste, no pudo volver a apartarla de sus
ojos, y empezó a sentir mucho sueño. Se sentía aterrorizado, por
lo que intentó gritar, pero tampoco podía mover los labios,del
cansancio y la pesadez que sentía.
-Ven conmigo
-dijo una voz en su mente-, acércate
Carlos.
-Ni
hablar -dijo éste
como respuesta-
Pero algo pasó. Sus piernas empezaron a moverse solas, sin su
consentimiento, y avanzaban en la dirección del hombre. Cuando
estaba a muy poco de estar a su misma altura, una anciana que pasó por medio cortó el campo de visión que establecía el chico con el
hombre. Cuando su cuerpo quedó
liberado del peso de la mirada del
hombre, Carlos empezó a moverse hacia delante hasta que llegó al
principio del vehículo. Empezó a pulsar el botón de parada
solicitada,
pero de nuevo sintió algo raro, como si algo lo arrastrara hacia
atrás, aunque no quiso girar la cabeza porque estaba seguro de que
si lo hacía volvería a quedar atrapado en la mirada del extraño
hombre. Cuando estaba a punto de irse hacia atrás, se agarró al
poste que tenía al lado con fuerza. Cuando el autobús se paró y se
abrieron las puertas, Carlos se soltó del poste y empezó a correr
con todas sus fuerzas hasta la puerta (que, por cierto, no corría
demasiado por la fuerza invisible que lo arrastraba hacia atrás),
pero consiguió llegar a la puerta antes de que ésta se cerrara. Ya
fuera, se giró y vio a mucha gente mirándolo atónitos, pero sobre
todo vio
la cara de horror que ponía el
hombre, y eso le hizo sonreír. Cuando el autobús empezó a moverse,
el chico pudo ver cómo el hombre lo perseguía con la mirada, pero
ya no le afectaba aquella mirada, al menos, no a esa distancia. Acto
seguido, se fijó en dónde estaba y descubrió que estaba cerca de
su casa, pero no quería correr riesgos, por lo que aceleró el paso.
En apenas diez minutos, estaba en la misma puerta de su casa, y sólo
con un poco de sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario