CAPÍTULO
12:
La
verdad de Marta
Marta
se sentía mejor el lunes por la mañana. Tener a su mejor amiga de
nuevo a su lado le había subido la moral. Sin embargo un buen día
no tiene por qué acabar bien...
Marta se desperezó en su
cama. Había dormido estupendamente y sin tener ninguna pesadilla.
Sin embargo, era lunes y había colegio, por lo que tampoco tenía
muy buen humor. Se vistió, desayunó rápido y salió corriendo por
la puerta principal. Quería ver a sus padres lo menos posible. A
continuación dio la vuelta a su calle para llegar a la de Marta y se
paró en la esquina. Como sospechaba, Clara no había aparecido aún.
No llevaba ni cinco minutos esperando cuando notó la presencia de
alguien detrás suya. Se giró a toda velocidad y le vio: era un
chico de unos diecisiete años con el pelo negro y ojos azules
claros. Marta estaba a punto de preguntarle a aquel chico quién era
cuando una voz familiar la detuvo.
-¡Hola Marta!
Era la inconfundible voz de
su mejor amiga.
-Ho...hola Clara. -dijo
Marta con voz nerviosa-.
-¿Te pasa algo?, pareces
nerviosa.
Marta volvió a girarse y,
tal y como pensaba, el chico ya no estaba, e intentó disimular con
una sonrisa.
-No, tranquila, pero
vámonos rápido que llegamos tarde.
Clara no parecía muy
convencida, pero se resignó y siguió a Marta.
En el instituto todo fue
bien... hasta que llegó la hora de matemáticas.
-Bueno, chicos -dijo la
profesora-, hoy os entregaré los exámenes de la pasada semana.
-Jo, pues yo no creo que
tenga muy buena nota -comentó Clara en voz baja-.
Sin embargo, cuando la
profesora le entregó el examen a Clara, esta casi se cae de la
silla.
-¿Qué pasa?, ¿has
suspendido? -preguntó Marta-.
-No... ¡que he sacado un
ocho!
-Enhorabuena.
-Gracias, ¿y tú qué has
sacado?
-Un siete.
-Está bien, ¿pero por qué
no estás contenta?
-Esto para mis padres es
como un suspenso. Estoy muerta.
-Entonces... mucha suerte.
-Gracias, la voy a
necesitar.
Cuando las clases
terminaron, Marta y Clara atravesaron la puerta principal y empezaron
a andar hacia la casa de Clara, que era la que estaba mas cerca del
instituto.
Cuando llegaron, Marta se
despidió de Clara y se fue a su casa. Cuando entró dentro, se
encontró con que sus padres no estaban allí para pedirle la nota de
mates.
Mejor para mí
-pensó-.
A continuación, fue a la cocina
y encima de la mesa se encontró una nota. Decía así:
Marta, estamos en la
universidad con Luis. Volveremos a las cinco. Hay ensalada en la
nevera. En cuanto volvamos, veremos la nota de matemáticas,
¿entendido? Haz los deberes.
-Muy bien -dijo Marta-,
de nuevo están con mi hermanito y ni siquiera en la nota me han
puesto un “te quiero” ni nada parecido. Es como si no fueran mis
verdaderos padres. Sin embargo, decidió pensar en ello más tarde,
puesto que estaba hambrienta. Puso la mesa y empezó a comer.
Cerca de allí, unos ojos
azules claro miraban a Marta fijamente...
-Muy bien, Carlos. Has
invocado el demonio y has podido controlarlo a tu voluntad.
Enhorabuena -dijo Raf-.
-Gracias maestro -dijo
Carlos sin emoción alguna en la voz-.
-Pronto, Carlos, nada podrá
pararnos. Capturarás a Clara y seremos invencibles. Y ese mago
idiota no volverá a molestarnos.
A continuación, se rió de
una forma horripilante y, lo más sorprendente, es que Carlos imitó
a su maestro...
Cuando terminó de comer,
Marta quitó la mesa y se fue a su cuarto a hacer los deberes, no
quería ver a sus padres todavía más enfadados. Cuando llevaba
bastante tiempo haciendo los aburridísimos deberes de mates, sus
padres entraron en la casa.
-Marta, ven hija -dijo su
padre-, esperemos que tu nota de matemáticas sea muy buena.
Marta suspiró y obedeció.
Bajó las escaleras y se plantó enfrente de sus padres.
-Y bien, Marta, ¿qué nota
has sacado?
-Un siete y medio -dijo
Marta-.
Sus padres la miraron echando
humo.
-¿Sólo un siete? -dijo su
madre-, ¡pero tú quién te crees que eres para sacar tan mala nota!
Marta también estalló.
-¡Un siete y medio no es
mala nota!, ¡y no entiendo cómo es que os importa siquiera!
¡Siempre estáis con Luis, que es un marginado que no tiene vida
social, jamás seré como él!
Me niego.
Sus padres se quedaron
boquiabiertos. ¿Cómo se atrevía a insultar al niño perfecto?
-¡Pues claro, porque tú
nunca serás hija nuestra!
-¡Sé que estáis
exagerando, sí soy hija vuestra!
-¡No!, ¡jamás lo
fuiste!
Marta se calló de golpe.
¿Eso significaba que era adoptada?
-¡Ya decía yo que por
qué tenía unos padres que no me querían!
Al ver que sus padres no hacían
nada, Marta empezó a correr y salió de la casa. Corrió y corrió
hasta que estuvo a punto de chocarse con una figura más o menos
conocida: el chico de ojos azules y pelo oscuro que había visto esa
misma mañana.
-¿Quién eres? -preguntó
Marta aguantando las lágrimas-.
-Creo que lo mejor será que
no lo sepas -dijo éste con tristeza-.
Cuando la chica estaba a
punto de decir algo más, el misterioso chico desapareció. Algo que
para Marta ya era muy frecuente, por lo que no le sorprendió que el
chico fuera otro mago. De repente cayó en algo: ¿quién eran sus
verdaderos padres?, ¿tendría hermanos?, pero, lo más importante de
todo para ella: ¿por qué la abandonaron?